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2.000 Kms por ITALIA
dia 10 – Caprarola y Roma
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A 19 kms de Viterbo bordeando la Reserva Natural del Lago di Vico, se llega a Caprarola, una población que podría pasar perfectamente desapercibida de no ser porque alberga uno de los más imponentes edificios del renacimiento: el Palacio Farnese. |
Desgraciadamente era lunes, el día en que suelen cerrar muchos de los museos y monumentos en Italia, aunque en algunos casos el día de descanso es el martes. Por esa razón habíamos tenido que eliminar de nuestro plan de viaje la proyectada visita a la Necrópolis de Banditaccia situada en Cerveteri, considerada la más importante necrópolis etrusca. Pero con respecto al Palacio Farnese, nuestras informaciones eran algo contradictorias en función de la fuente que consultáramos. En unos sitios decían que los lunes el palacio permanecía cerrado mientras que en otros lugares aseguraban que el día de descanso era el martes.
| Como de cualquier forma nos pillaba de camino hacia Roma, nuestro siguiente destino, cruzamos los dedos y nos fuimos a la aventura. El palacio se halla situado en la parte alta de Caprarola, rodeado de unos impresionantes jardines. Desgraciadamente las fuentes que citaban lunes como día de descanso eran las acertadas, por lo que nos quedamos sin la posibilidad de visitar el interior del palacio ni recorrer los estupendos jardines. Otra anotación en nuestro cuaderno de pendientes para una futura visita. |
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Los Farnese fueron una de las más influyentes familias aristócratas europeas italianas entre los siglos XVI y XVIII, ostentando el Ducado de Parma y contando entre sus miembros con un Papa (Paulus III). Durante su época de mayor esplendor se caracterizaron por su mecenazgo de las artes, y encargaron la construcción del Palazzo Farnese y La Iglesia del Gesú en Roma, el Palacio della Pilotta en Parma y el emblemático y único Palacio de Villa Farnesio en Caprarola.

En 1530, Alejandro Farnesio encargó la construcción de este especialísimo edificio a uno de los más renombrados arquitectos de la época: Antonio Sangallo. Se derribaron varias casas de la aldea de Caprarola para que el camino llegase de forma recta hacia el palacio. Apenas 4 años más tarde, el propio Alejandro fue elegido sumo pontífice, tomando el nombre de Pablo III e interrumpiendo las obras de construcción. Unos años más tarde, su nieto Alejandro el joven, a la sazón nombrado cardenal por su abuelo, se retiró a Caprarola huyendo de las intrigas y rivalidades nobiliarias que afectaban a su familia en una eterna guerra entre familias por alcanzar el máximo poder. Contrató a Jacopo Barozzi de Vignola y a los mejores pintores y artistas de la época, rediseñándose de nuevo la distribución de la aldea con el fin de adaptar su urbanismo al gran palacio. La obsesión de Alejandro por la seguridad hizo que el diseño del edificio fuese una mezcla entre palacio y baluarte, de ahí su diseño pentagonal. Por fuera, una fortaleza rodeada de un foso, por dentro el máximo de los lujos que podía comprarse por aquel entonces. Obras de Cartoccio, Taddeo y Federico Zuccaro, Annibale Caro, Antonio Tempesta, Bertoja de Raffaelino, Giovanni de Vecchi y el propio Vignola, divididos en dos secciones dentro de la edificación: la de invierno y la de verano. Una pomposidad exuberante en la que destacan obras magnas como la llamada Scala Regia, una escalera circular por la que se acedía a los dormitorios del cardenal (denominados “Casa de la Aurora”), sostenida por treinta impresionantes columnas de piedra volcánica y que permitía el acceso incluso a caballo.
La magna obra finalizó en 1575, dos años después de la muerte de El Vignola, culminando los 5 pisos de altura. Destacan también los impresionantes jardines de la parte trasera del Palacio y en la que trabajaban una legión de jardineros de forma exclusiva. Por desgracia, nuestro calendario no nos permitió visitar ni el palacio ni los jardines, lo cual nos da otro motivo para regresar y así poder visitar y admirar esta impresionante construcción, surgida de la megalomanía de la que fue una familia más que poderosa, y que como tantas otras acabaron siendo un apunte más en la historia muy lejos de merecer ningún tipo de admiración o aprecio, pero que al menos nos dejaron unas obras de arte que sí merece la pena admirar.
Acompañados de la inevitable frustración, volvimos al coche para recorrer los 60 kms que nos separaban de Roma, en donde íbamos a pasar los siguientes tres días. Algo que se observa de forma muy marcada en Italia son las claras diferencias que existen entre norte y sur, diferencias en la actitud de la gente, en la forma de hablar y, cómo no, en los precios. Pero quizás lo más traumático para nosotros iba a ser el tráfico y la espeluznante forma de conducir de los italianos. Cuanto más al sur más caótico y descontrolado es el tráfico, y más peligrosos los nativos al volante. En Roma íbamos a tener ocasión de sufrir los primeros indicios de esa peculiaridad, que iba a agravarse conforme nos dirigiéramos hacia el sur los días posteriores. Afortunadamente en Roma teníamos pensado dejar el coche aparcado durante nuestra estancia y movernos a pié y en transporte público, así que solo tendríamos que sufrir los atascos y el caos circulatorio a la llegada y a nuestra partida.
A pesar del intenso tráfico y los constantes parones en la Tangenziale (la versión romana de la M-40 madrileña), pudimos reírnos un buen rato contemplando por los retrovisores el estilo de conducción de una romana que venía tras nosotros. Era capaz de conducir, hablar por teléfono y leer una revista ¡todo a la vez!, una auténtica chica multitarea. Y una demostración del peligro que supone conducir por aquellos pagos, con ejemplares como ese, sueltos, al volante.

Por fortuna habíamos elegido un hotel muy bien situado en la parte norte, y nuestro GPS nos guió muy bien por Via Flaminia para después subir por el Viale del Muro Torto hasta la Porta Pinciana, justo al final de Via Veneto, junto a los impresionantes jardines de Villa Borghese: el Hotel Eliseo.
Uno de los gastos extras a considerar en Italia cuando viajas es el aparcamiento, ya que en muchos sitios suelen cobrar entre 15 y 20 euros por día. Afortunadamente al viajar nosotros en temporada baja, sólo tuvimos que presionar un poquito al recepcionista para que nos dejaran aparcar en una de las plazas reservadas y así ahorrarnos el coste extra del parking.
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El hotel es un 4 estrellas, pero de acuerdo a la costumbre italiana de sobrevalorar sus establecimientos, su categoría está más cerca de un tres estrellas español que otra cosa. Aun así, nuestra elección del Eliseo estaba motivada por dos factores principales: su excelente situación y sobre todo sus magníficos desayunos en la última planta desde donde cada mañana podíamos admirar una buena parte de la ciudad al amanecer. Aquellos sí que fueron desayunos 4 estrellas. |
Aparte de los autobuses que pasan por Vía Veneto, a pocos metros del hotel y junto a la Porta Pinciana estaban las escaleras mecánicas subterráneas que nos bajaban hasta la Plaza de España, estación de metro incluida y de la que hablaremos con detalle más adelante. Intentar conducir por Roma resulta muy poco práctico, aparte de ser una actividad de alto riesgo, por lo que la situación del hotel es un factor muy importante a la hora de seleccionarlo.
| Autobuses, tranvías y metro en Roma comparten los mismos billetes, de la compañía pública de transportes llamada ATAC, por lo que resulta rentable sacarse un bono para dos o tres días, salen muy baratos y los amortizas enseguida. Estos billetes se pueden conseguir en máquinas expendedoras en las estaciones de metro, en quioscos, bares, estancos y en algunas paradas de autobús. El billete sencillo cuesta 1€, tiene una validez de 75 minutos desde su validación y nos permite coger todos los medios de transporte que queramos dentro de ese tiempo. Si vamos a permanecer varios días en la ciudad imperial, nos merecerá la pena comprar un bono, los hay de uno, tres y siete días y su precio va desde 4€ por un día hasta 16€ por una semana. |
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No hagáis caso de los “listos” de turno que anuncian alegremente en los blogs de viajes que ellos no pagan ya que los italianos supuestamente no compran billetes. Los ciudadanos de Roma suelen contar con abono transportes de carácter mensual o anual, y esa es la razón de que no se les vea comprar billetes en las máquinas, no otra. Si os montáis por la cara en los transportes os arriesgáis a una bonita multa de 100€ y a contribuir a la merecida mala fama de incívicos y caraduras que tenemos los españoles.
El metro de Roma dispone de dos líneas de metro, la línea A y la línea B, aunque actualmente están construyendo una tercera. Son bastante útiles para acceder a muchos lugares de interés, aunque su calidad deja muchísimo que desear (ya hablaremos más adelante sobre el infame metro de Roma). Su horario es de 5.30 a 23.30, excepto los sábados, que se alarga la hora del cierre hasta las 0.30.
Tras dejar el equipaje y refrescarnos un poco decidimos aprovechar ese tiempo extra que nos había quedado al no poder visitar el Palacio Farnese ni la necrópolis de Cerveteri y recorrer una parte de Roma, que había mucho que ver y en los días siguientes apenas íbamos a tener tiempo de recorrer la ciudad como se merece.
En este primer paseo decidimos prescindir de las escaleras subterráneas y bajamos por la Via di Porta Pinciana hasta llegar a lo alto de la escalinata de la famosa Piazza d’Spagna, presidida por la Iglesiá de la Trinitá dei Monti, que daba su nombre original a la plaza. Esta iglesia fue inicialmente parte de un convento fundado en 1503 bajo el reinado de Luis XII. En 1584 se construyó la fachada de torres gemelas, obra de Giacomo della Porta, a la que se añadió la doble escalinata de acceso en 1587, realizada por Domenico Fontana.

La escalinata de la plaza, con sus 135 peldaños, es el mayor monumento de estilo rococó de toda Roma, fue diseñada en 1723 por Francesco de Sanctis por encargo de Luis XV. Dicen que su momento de mayor belleza es en mayo, cuando florecen las azaleas que llenan de color toda la escalinata. Allí pudimos sufrir otra de las molestísimas plagas que invariablemente atacan a los turistas en los lugares más visitados: los absolutamente insoportables vendedores de recuerdos y baratijas que te asaltan continuamente. Normalmente son mínimamente educados, pero hay algunos de ellos que llegan a ser atosigantes y no te permiten disfrutar de los monumentos ni hacer fotografías a gusto.
Tras bajar las escalinatas recorrimos la Plaza admirando algunos de sus edificios, entre los que destaca la Embajada de España que se encuentra alojada en un palacio del siglo XVII y que dio el nombre por el que se conoce a la plaza durante los últimos 500 años. Y la que fue casa de poetas como Byron, Shelley y Keats, actualmente convertida en museo.
También destaca la fuente “La Barcaccia” obra de Pietro Bernini y de su hijo Gian Lorenzo, terminada en 1627 por encargo del Papa Urbano VIII. Dicha fuente se erigió como conmemoración de las inundaciones de 1598 por el desbordamiento del Tíber, en que según las crónicas se cuenta que un barco llegó hasta la misma plaza. La decoración de la fuente está rematada por soles y abejas, símbolos de la familia de los Barberini a la que pertenecía el susodicho Papa. Cerca de la fuente está la Columna de la Inmaculada Concepción, muy visitada por los católicos españoles en esos viajes pastorales que tan frecuentemente realizan a Roma.
En esta plaza veremos siempre un gran ambiente en cualquier época del año, amenizado por toda clase de músicos callejeros que suelen situarse en los distintos balcones de la plaza. Si bajamos a la estación de metro de “Spagna” podemos encontrar las ya mencionadas escaleras mecánicas que conducirán hasta la parte superior, frente a Porta Pinciana, al final de Vía Veneto y junto a los jardines de Villa Borghese, y que a nosotros nos fueron tan útiles para recorrer de forma cómoda cada día el camino de regreso hasta nuestro hotel.
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De la plaza salen algunas de las calles comerciales más importantes de Roma, como la Via dei Condotti, famosa sobre todo por sus tiendas de modas de marcas de primera fila y la Via del Babuino, que conduce hacia la Piazza del Popolo. Nosotros recorrimos la Via Croce, más variada en cuanto a ofertas comerciales, mientras tanto el cierre de tiendas nos recordó que ya habíamos consumido la mañana y estábamos en la hora de comer, así que nos dirigimos hacia la Piazza de Augusto, donde se encuentra el impresionante Mausoleo del emperador, construido en el 27 a.C. como conmemoración a la victoria obtenida en la Batalla de Actium 4 años antes y donde además de las de Augusto se encerraron las cenizas de los emperadores Tiberio y Nerva. |
De 90 mts de diámetro y 42 mts de altura, fue saqueado primero por los bárbaros y posteriormente despojado de su revestimiento de Travertino por los propios habitantes de Roma para decorar sus palacios. En los años 20 Mussolini mandó restaurar una parte, construyendo en torno a él la actual plaza. El Mausoleo ha sido utilizado para menesteres tan variopintos como jardín, circo, fortaleza y sala de conciertos.
Lamentablemente, viajar en temporada baja tiene sus inconvenientes y allí nos encontramos con el que más veces se nos repitió a lo largo del viaje: el Mausoleo estaba cerrado por obras.
Buscando un sitio para comer, ya que en Roma hay que tener mucho ojo con el tema para evitar meterte en un sitio donde te den un sablazo por una pésima comida, decidimos recurrir al método infalible de observar a los nativos y dirigirnos al mismo sitio que ellos. De esa forma y siguiendo a un torrente de comerciantes y oficinistas acabamos en un gran restaurante muy moderno, situado bajo unos soportales de la Piazza de Augusto en donde había docenas de platos para elegir a buen precio.
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Tras la comida, nos dirigimos en busca del Ara Pacis, el cual ya no se halla a la intemperie habiéndose construido un moderno y feísimo edificio para albergarlo, y naturalmente pagar la tarifa de 6,5 €para entrar a verlo. El Ara Pacis (altar de la paz) fue construido por Augusto hacia el 13 a.C para conmemorar la “Pax Romana” o “Pax Augusta”, que había logrado tras someter Europa Occidental (Galia e Hispania) y el Norte de África. Es una impresionante obra de arte realizada en mármol, en la que aparecen representados los miembros de la familia imperial así como del senado y sacerdotes, realizando ofrendas y sacrificios a los dioses.
El altar estaba situado originalmente en la esquina nordeste del Campus Martius, al extremo de la Vía Flaminia en los exteriores de la ciudad. Debido a los desbordamientos del Tiber que anegaron la planicie, permaneció hundido durante siglos hasta su redescubrimiento a principios del siglo XX.
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En 1938, Mussolini ordenó la construcción de un edificio para que albergara los restos recuperados del Altar cerca del Mausoleo de Augusto, como parte de su proyecto de crear una especie de zona temática de la Roma Imperial, para mayor gloria de la Italia fascista. En ese mismo lugar se erigió en el 2006 un nuevo edificio de estilo modernista, diseñado por el arquitecto norteamericano Richard Meier y que ha sido objeto de agrias polémicas por su desafortunado y anacrónico diseño.
Regresamos nuestros pasos recorriendo la principal arteria comercial de Roma, la Via del Corso, hasta su cruce con la Via del Tritone, en donde giramos para dirigirnos a uno de los monumentos más emblemáticos y queridos de Roma: la Fontana di Trevi.
Esta espectacular fontana, adosada a la parte trasera de un palacio, fue construida entre 1732 y 1762 por Nicola Salvi, para señalar el lugar en el que terminaba el acueducto Acqua Vergine, construido por Agripa en el 19 a.C. y que traía el agua desde una fuente que según las leyendas había sido descubierta de forma milagrosa por una virgen. El acueducto original fue destruido por las invasiones godas en el siglo VI. Con la llegada del Renacimiento, durante el siglo XV se emprendieron obras para reconstruir el sistema de acueductos, siendo finalizados estos en 1453 bajo el mandato del Papa Nicolas V. La fuente inicial diseñada por Leon Battista Alberti, era de una simplicidad tal que en 1629 Urbano VIII encargó a Gian Lorenzo Bernini el diseño de una nueva fuente. La muerte del Papa paralizó el proyecto, pero no impidió que gran parte de los diseños de Bernini quedasen para ser utilizados a posteriori. No fue hasta 1730, en plena época barroca, en que Clemente XII organizó un concurso para el diseño definitivo de la fuente. El caso es que dicho concurso fue ganado por Alessandro Galilei, quedando Nicola Salvi segundo, pero al pueblo romano no les hacía gracia que un florentino construyese su fuente, así que montaron un gran escándalo por la época, que obligó a obviar el resultado del concurso y a encargar los trabajos a Salvi. No pudo ver su trabajo finalizado ya que murió en 1751, siendo terminada la obra por Giusseppe Pannini.
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La Fontana di Trevi es uno de los lugares de obligada visita en Roma, lo que hace que esté siempre atestada de turistas. La tradición dice que todo aquel que arroje tres monedas a la fuente volverá a Roma. Tradición muy conveniente que aporta a las arcas del municipio una buena cantidad de ingresos extra, ya que por otra parte si no se recogiesen de forma periódica las monedas arrojadas por miles de turistas, hace ya tiempo que la fuente rebosaría. No hemos logrado una cifra oficial de ingresos debidos a las moneditas arrojadas a la Fontana, pero la cifra oficiosa habla de unos 3.000€ diarios, lo cual no está nada mal. Dichos ingresos son administrados por el ayuntamiento de Roma, y según ellos son utilizados para costear el mantenimiento de la fuente y para ayudas sociales a los sin techo.
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| La belleza de esta fuente es tan impresionante que uno no se cansa de mirarla, tanto de día como de noche, embellecida por una cuidadosa iluminación artificial. El cine ha contribuido a hacer más popular si cabe la Fontana gracias a películas como “La Dolce Vita” o “Creemos en el amor”. La constante afluencia de turistas hace que el lugar sea aprovechado por todo tipo de avispados que tratan de sacar su tajada, desde vendedores ambulantes, fotógrafos, carteristas y por supuesto las heladerías, ya que otra de las tradiciones invita a comerse un helado mientras se contempla la Fontana. Tal vez por eso, los dependientes de las heladerías son bastante maleducados y bordes, ya que tienen asegurada la afluencia de turistas y nada les obliga a cuidar de la clientela. |
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Dos parejas de carabinieri custodian el lugar para que la gente no se meta en la fuente o se suba a las piedras, pero ese es su único cometido, así que no esperéis que los carteristas se sientan amedrentados por su presencia. Llevad siempre los objetos de valor y el dinero bien sujetos no vayáis a encontraros con una desagradable sorpresa.
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Tras degustar nuestro heladito de rigor, volvimos sobre nuestros pasos y tras cruzar de nuevo la Via del Corso nos encaminamos hacia la impresionante Colonna di Marco Aurelio que preside la Piazza Colonna. Esta colosal columna de 30 mts de altura está compuesta por 28 tambores de mármol recorridos por 20 magníficos relieves en espiral que narran las victorias del emperador en el siglo II sobre los germanos y los sármatas, fue erigida tras la muerte del Emperador, en el 180 a.C. Originariamente, la columna estaba coronada por estatuas del emperador y su esposa, pero el afán cristianizador de la iglesia católica las sustituyó por otra de San Pablo en 1589, siendo el autor de dicho atentado el papa Sixto VI. Por si no tenía bastante que destruir y pervertir, dicho Papa mandó eliminar también los frescos que decoraban la base original de la columna. En la misma plaza Colonna se levanta el Palazzo Chigi, sede actual del gobierno italiano. |
Adentrándonos por callejas llegamos a la Plaza de la Rotonda donde se yergue majestuoso y retando al paso del tiempo uno de los más impresionantes monumentos que aún quedan en pié de la roma imperial: el Panteón. Diseñado por el emperador Adriano en el año 118, sobre otro templo más antiguo iniciado por Agrippa, ha sufrido numerosos saqueos a lo largo de la historia, pero su increíble belleza arquitectónica perdura como testigo de la gran capacidad de los arquitectos romanos para lograr erigir construcciones que resistiesen imbatibles el paso de los siglos. Su impresionante cúpula, de 43’3 mts. de diámetro presenta un agujero de 8,3 mts. en su centro, llamado “oculo”, que le concede al Panteón esa especialísima iluminación de aspecto etéreo tan cambiante según la posición del sol y lo nuboso del día. En los días de lluvia es especialmente impactante entrar al interior del templo y observar la lluvia entrando por el óculo. Cuando Brunelleschi diseñó su impresionante cúpula del Duomo de Florencia, viajó a Roma para inspirarse en la del Panteón. El genial arquitecto siempre dijo que sin haberse inspirado en el Panteón nunca podría haber llevado a cabo con éxito su obra maestra.
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El pórtico de la fachada está sostenido por 16 columnas de granito rosa y gris traídas expresamente de Egipto, que ayudan a magnificar el efecto que se produce al ingresar al interior del inmenso y grandioso interior del Panteón. En el frontón puede leerse la inscripción “M. Agrippa cos tertium fecit” (Agrippa construyó esto), homenaje de Adriano a Agrippa, quien construyó el primer Panteón en el 27 a.C.

En el año 608, el emperador Phocas regaló el templo al papa Bonifacio IV, quien lo convirtió en la Iglesia de Sancta María ad Martyres. La lista de saqueos y atentados contra el Panteon han sido innumerables: Constantino II le despojó de sus tejas doradas, los bárbaros saquearon algunas piezas pero afortunadamente su reverencial temor a los antiguos dioses paganos hizo que no causaran grandes daños. El peor de los atentados lo causó, cómo no, el papa Urbano VIII quien mandó desmantelar los gigantescos pórticos de bronce para fundirlos y hacer los cañones del Castel de Sant’ Angelo.
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Los nichos que antaño fueron ocupados por gigantescas estatuas de los dioses romanos fueron reemplazados por altares católicos. Pueden contemplarse las tumbas de importantes personajes de la historia italiana, como los reyes Victor Manuel II y Umberto I, así como los artistas Raffaello, Baldassare Peruzzi y otros. Es curioso el epitafio sobre la tumba de Rafael: “Aquí yace Rafael. La Naturaleza creyó que la superaría en vida. Ahora que él se ha ido, Ella teme morir también”.
Como anécdota, destacar que Bernini construyó dos torres que situó a ambos lados de la parte superior del frontón. Popularmente fueron bautizadas como “las orejas de burro”. Afortunadamente, ambas torres fueron retiradas en 1883, y es que por muy maestro que fuese Bernini, también tenía derecho a cometer algún patinazo.
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| La visita al Panteón nos provocó sensaciones encontradas. Por una parte era maravilloso estar ante una increíble obra de casi 2000 años de antigüedad diseñada como templo destinado a realzar la espiritualidad. Pero por otra estábamos ante un edificio saqueado, modificado y readaptado por generaciones cuyo concepto de la espiritualidad era muy diferente al de sus orígenes. Me pregunto cómo reaccionarían esos devotos católicos, a los que cualquier destrucción o desmán cometida por sus “papas” les parece bien, si alguien decidiese convertir una catedral cristiana en templo de cualquier otra confesión. |
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El edificio en sí impresiona por su grandeza y su belleza arquitectónica, pero su decoración interior, las tumbas de grandes personajes y las figuras de santos, vírgenes y demás parafernalia católica estaban claramente fuera de lugar. Nos producía el mismo efecto que entrar a un antiguo templo egipcio que hubieran transformado en mezquita. La presencia de irrespetuosos turistas chillones y niños correteando por todas partes ante la pasividad de sus pasotas padres, contribuía a sentirnos aun más incómodos ante la cruda realidad que parecía demostrarnos que muy pocos de los visitantes de tan grandiosa obra son capaces de reconocer su importancia y guardar el respeto y la admiración que se merece un lugar como aquel.
Tras dar una vuelta por el exterior del Panteón y ver los restos del antiguo Templo de Neptuno que en otros tiempos se hallaba adosado al edificio en la parte trasera, volvimos a sumergirnos en las callejas en dirección a nuestro próximo destino: la Piazza Navona, uno de los más importantes centros neurálgicos de la sociedad romana, situado en pleno barrio de artesanos y anticuarios.
La barroca Piazza Navona sorprende por su amplitud, rodeada de pequeñas callejas, tiene una forma alargada, emulando la forma de los antiguos hipódromos o circus máximus de la antigua Roma imperial, lo que se debe a que ocupa el lugar en el que se erigía el Circo Agonalis del Emperador Domiciano, construido hacia el año 86 d.C. Este inmenso edificio tenía un aforo de 33.000 personas, sus dimensiones eran de 270 mts. de largo por 55 de ancho, que son las dimensiones actuales de la plaza.

Tiene tres fuentes, dos en los extremos obra de Giacomo della Porta con esculturas de Borromini, llamadas respectivamente “Fontana de Neptuno” y “Fontana del Moro”, siendo la más importante la del centro, “Fontana dei Quattro Fiumi” obra de Bernini, construida en 1644 y representando a los 4 grandes ríos del planeta: el Nilo, el Ganges, el Danubio y el Rio de la Plata. En el centro de la fuente se yergue un magnífico obelisco que estaba anteriormente situado en el circo de Majencio.
La plaza está rodeada de edificios emblemáticos, muchos de los cuales son obra de Borromini. Presidiendo en el centro y frente a la fuente, se alza la Iglesia de Sant’Agnese in Agone, levantada en honor a una jovencita de 12 años llamada Inés que supuestamente sufrió martirio. Contiguo a la iglesia está el Palazzo Pamphilij, construido en 1646 y actualmente embajada y casa de cultura de Brasil. Enfrente está la Iglesia de Nostra Signora del Sacro Cuore. Otros edificios importantes de esta larguísima plaza son el Palazzo Braschi, la Iglesia de San Pantaleone, y el Palazzo Massimo alle Colonne.
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La Piazza Navona es uno de los lugares favoritos de paseo tanto para los ciudadanos de Roma como para los turistas. La presencia de pintores, actores y músicos callejeros de los más variopintos estilos, animan y dan vidilla a la zona. Tan solo los consabidos vendedores estilo top manta alteran el ambiente con sus insistentes y cansinos intentos de venderte lo que sea, aparte que suelen estropearte los buenos planos para fotos colocándose junto a las fuentes. Al menos resulta divertido ver cómo recogen sus bártulos a toda velocidad y salen de estampida cada vez que se acercan las rondas de carabinieri. Varias terrazas de cafés y restaurantes animan a tomar un tentempié mientras se contempla la vida que llena la plaza a cualquier hora del día y en cualquier época del año, no quisimos ser menos así que disfrutamos de un merecido descanso para nuestros castigados pies tomando un café calentito, que en febrero se nota el relentillo del anochecer aun en ciudades tan populosas como Roma. |
| Tras el breve descanso decidimos que ya teníamos bastante para un día tan intenso, y aun nos quedaba una larga caminata hasta el hotel, así que tras dar una última vuelta a la plaza y admirar las figuras de las fuentes iluminadas, volvimos en dirección al Panteón con el fin de ver de camino una de las numerosas iglesias de Roma: Santa María sopra Minerva, edificada como su nombre indica sobre un antiguo templo consagrado a Minerva, diosa de la sabiduría. Obviamente, al ser tan tarde se encontraba cerrada, pero pudimos disfrutar del hermoso obelisco dedicado a Isis que se levanta justo delante de la iglesia, como una especie de pequeña victoria sobre un angustioso y recalcitrante catolicismo de la calaña más oscura que haya podido dar semejante casta. Por cierto, el elefante donde se yergue el obelisco no es obra de Bernini como muchos piensan, si no de Ercole Ferrata, uno de sus mejores alumnos. |
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La iglesia fue edificada en 1280 y es la única representante del gótico florentino en Roma. Resulta cuanto menos paradójico, o más bien insultante, que un templo dedicado a la sabiduría se convirtiese en tiempos católicos en el bastión de la Inquisición. La obra más importante de su interior es el Cristo Resucitado, obra de Miguel Angel al que los próceres de la Iglesia le colocaron un paño de bronce para tapar su desnudez. Bajo el altar se halla enterrada Santa Catalina de Siena.
No podíamos acabar la jornada sin volver a pasar por la Fontana di Trevi y admirarla bajo la iluminación nocturna. La verdad es que no es de extrañar que sea uno de los lugares más visitados de Roma, ya que nunca te cansas de admirarla.

Subiendo por la Via del Tritone llegamos a la Piazza Barberini, donde se alza el Palacio del mismo nombre, sede de la poderosa familia de la que salieron varios papas. Precisamente Urbano VIII, el que como ya dijimos fue el responsable de destruir y fundir las puertas de bronce del Panteón para fabricarse unos cañoncitos, dio lugar al famoso dicho popular: “Quod non fecerunt barbari, fecerunt Barberini” (lo que no hicieron los bárbaros lo hicieron los Barberini). En el centro de la plaza destaca la Fuente del Tritón, obra de Bernini de 1642 por encargo del ínclito Urbano VIII y en donde pueden apreciarse el símbolo familiar de los Barberini: las abejas.
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En la misma plaza hay una pequeña cafetería en donde hacen todo tipo de Pizzetas, sándwiches y bocadillos, tanto frios como calientes y con distintos tipos de pan, y si lo pides te los envuelven bien para que te los puedas llevar. Como estábamos bastante cansados optamos por llevarnos unos cuantos y cenar tranquilamente en la habitación del hotel. |
De la Piazza Barberini arranca una de las calles más famosas de Roma: la Via Véneto, que tan popular se hizo gracias a la película “La Dolce Vita” de Federico Fellini. Hoteles de lujo (aunque la mayoría bastante venidos a menos), cafés y restaurantes carísimos con sus terrazas tachonan las curvas en cuesta de esta avenida. Las terrazas funcionan tanto en invierno como en verano, ya que están acristaladas y cuentan con climatización interior. En otros tiempos era lugar de paso obligado para todos aquellos que quisiesen hacerse notar dentro de la sociedad romana, pero hoy en día todo aquello ha quedado dedicado prácticamente a turistas que no les importe pagar unos precios desorbitadísimos con tal poder decir que han cenado en la famosa Via Veneto.
Nosotros continuamos con nuestra ascensión por dicha vía contemplando las lujosas recepciones de los hoteles y los palacios de la acera de enfrente hasta alcanzar la Porta Pinciana, junto a la que teníamos nuestro hotel. Fin de nuestra primera jornada en Roma y a descansar bien, que nos quedaba muchísimo por ver…
Continúa en 2.000 kms por ITALIA: dia 11 - Roma
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