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PobreEl mejor 
Relatos
Escrito por Luis "Bela" Illana   
Miércoles 27 de Enero de 2010 23:00

NO TE ACERQUES AL MATAMOSCAS

 

     Se acabó el tiempo. David fue recogiendo los dibujos que habían hecho los niños sin dejar de sonreírles. Era su primer test y aquella sonrisa de anuncio televisivo pretendía transmitir serenidad (aunque luego le temblasen las piernas).

 

     Algunas niñas le devolvían la sonrisa y él correspondía con un..."¡bonito dibujo!"..., pero lo cierto es que no se fijaba en ninguno especialmente. Hasta que llegó al de aquel rubito. Fue sólo una impresión, únicamente eso. Aunque después, en el autobús, no pudo esperar a llegar a casa.

 

     Abrió el portafolios y rebuscó nerviosamente entre los papeles hasta dar con él. El tiempo pareció detenerse. Cuando el conductor le alertó de la última parada del recorrido, pegó tal bote en su asiento que algunos dibujos se le cayeron. En cambio, había uno que sostenía fuertemente en las manos.

 

***

 

     En la universidad había estudiado cientos de dibujos, tests de manchas y experimentos por el estilo. Había descubierto burradas del tamaño de un transatlántico cuando tal o cual tipo, preguntado por lo que veía tras una mancha negra, inconexa y vulgar, no se cortaba en responder: "¡Está clarísimo: un perro pequinés comiéndose su propia mierda!".

 

     Pero como el dibujo de ese niño..., no.

 

     Después de cenar se encerró en la habitación de su casa que hacía las veces de despacho. Encendió la lámpara de su mesa y allí se quedó un buen rato. Mirándolo.

 

     Absorto.

 

     Preguntándose si no sería tan solo la broma estúpida de un niñato repelente. Pero no obtuvo respuesta. O no encontró otra que le convenciera más.

 

     Esa noche le costo mucho trabajo dormirse. Soñó que se encontraba allí dentro, en el papel, formando parte del dibujo. Cuando quería escapar, su cuerpo se quedaba pegado al folio como un insecto en esos papeles pegajosos matamoscas.

 

***

 

     Al día siguiente telefoneó a primera hora al director del colegio. Comprendió, después de colgar, que a aquel tipo la psicología infantil se la traía floja. Que cumplía con los dictados del Ministerio y punto. Le fue imposible llegar a su verdadero objetivo: conseguir el número de teléfono de los padres del niño.    ¿Cómo serían de verdad?.

 

     ¿Por qué si los demás niños y niñas habían dibujado escenas típicas, normales y corrientes de la vida en familia, el tuvo que pintar "eso"?  Papá y mamá sentados frente al televisor cogidos de la mano. El hermano mayor sacando al perro. La hermana haciendo los deberes o...  Lo de casi siempre.      Menos "eso".  Tenía que hablar con el chico y nadie se lo impediría de montárselo bien.

 

     Una tarde le esperó a la salida del colegio. Se aseguró de que nadie de su familia hiciese lo mismo. Y cuando iba a cruzar la acera, le abordó.

 

           -Hola. ¿Te acuerdas de mí?.

 

     El niño se sobresaltó y, por un momento, borró de su rostro esa expresión gélida impropia de su edad que le acompañaba en cada gesto. Luego sonrió, mirándole de arriba a abajo con esos dos cubitos de hielo azul.

 

          -¿Ah, sí!  Usted es el de los dibujos. ¿Qué le pareció el mío?  ¿Le gustó?

          -¿Pues..., te digo la verdad?

           -Si quiere...

          -La verdad es que me sorprendió. ¿Por qué lo pintaste?

    

     El niño se encogió de hombros y pareció como si no tuviese cuello.

 

          -Usted nos dijo que dibujásemos algo que pasase todos los días en casa.

          -Así es -quiso sonreír pero no podía-.

          -Pues ahí lo tiene. ¿No le gustó?

          -¿Y a ti?  ¿Te gusta?  ¿Y a tus papás?

 

     El chiquillo vaciló un poco, torciéndole la cara para otro lado. De pronto,  echó a correr hacia el autobús. Justo cuando el semáforo cambiaba de color.

 

          -¡Ya lo creo! -le chilló en plena carrera, sonriendo como un ratón-

 

      Las hojas de la puerta del bus se cerraron de golpe. Hay circunstancias para las que nadie te prepara en la Facultad. Debía  hablar con los padres. ¡Su estúpido espíritu profesional se lo pedía a gritos! ¡Ah, la curiosidad! ¡La dichosa curiosidad!.

 

      ¿Pero cómo se las iba a arreglar para conseguir su dirección?.

 

***

 

      Llegó a casa muy cansado, prometiéndose que por esa noche daría vacaciones a "su" querida familia de papel. Pero en la cama...volvieron las pesadillas.

 

      Allí estaba de nuevo, sentado, con las manos pegadas a aquel feísimo mantel de flores. ¡Helado de terror!

 

      Nunca había agradecido tanto la chicharra del despertador. Y eso que estaba empapado en sudor y los brazos le dolían como si se hubiera pasado la noche retorciéndolos en el aire, luchando contra misteriosas  presencias.

 

      Se lavó la cara con agua fría y luego se afeitó. Buscó en su armario, eligió una camisa y empezó a vestirse. Mientras se anudaba la corbata..., las imágenes y las preguntas retornaron, igual que unos vecinos pesados. Pero un sonido en su estómago le recordó que era de carne y hueso. Los rincones de la mente podían esperar. Su desayuno, no.

 

      Se había preparado un plato lleno de pan de molde para embadurnarlo con mermelada y mantequilla. También un cuenco de leche bien caliente y zumo de naranja. Le gustaba desayunar tranquilo, sin agobios de horario. Lo peor era ese horrible mantel de flores de colores chillones.

 

      ¿Pero en qué estaría pensando cuando se lo compró?

 

      ¿De flores?

 

     (...demasiado tarde...)

    

      Las risas llenaron la cocina.

 

      El se quedó petrificado en la puerta.

 

          -¿No va a sentarse a desayunar? -dijo aquel tipo. Estaba en el dibujo. Su vivo retrato-.

          -Acompáñenos, señor de los dibujos. Está usted en su casa, ji, ji.

 

      David clavó los ojos en su "adorado" rubito de ojos azules, mientras el niño se metía algo en la boca. Parecía un ojo de calamar y lo sorbió con glotonería.

 

          -Estamos deseando que comparta la mesa con nosotros   -le aseguró la mamá con una sonrisa dentífrica tan afilada que le recordó inmediatamente la boca de una hiena-. ¿Nos hará el honor?

 

      Había una niña también, algo mayor que su hermano, pero no habló en ningún momento. Tenía sus mandíbulas ocupadas en lo que David prefirió creer que eran…

 

      Y lo peor, en un rincón de la cocina, parapetado tras una especie de mini-bar, apareció el director del colegio. El cómplice perfecto de aquella locura siniestra.

 

      Los gritos del psicólogo rompieron la aparente tranquilidad de la mañana, recordando el dibujo que le había robado el sueño. Ahora lo sostenía el director al tiempo que le mostraba sus dientes cariados. En ese instante por fin reconoció al comensal que, en el dibujo, trinchaba la pierna del bebé.

 

      La gastronomía le interesaba más que la psicología.

 

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